miércoles, 6 de agosto de 2008

"Recibimos lo que damos"... ¡Ya lo creo!

¡Maldita burocracia!, pensé mientras salia de la Alcaldía municipal, de un municipio en el que ni siquiera vivo, aquella mañana.

Había pasado toda la mañana trantando de efectuar un trámite que, según me informaron dentro de las instalaciones de la misma Alcaldía, no tardaría más de una hora. Sin embargo, no me especificaron si una hora para iniciar el trámite, o para concretarlo. Imagino que era lo primero, por todo lo que tuve que pasar.

-Necesita la partida de nacimiento de la señora, me dijo el "responsable" de realizar el trámite por el que me levanté dos horan antes de lo normal esa mañana.

-Bueno, le dije, pues entonces sáquela y así terminamos con el ingreso de la documentación.

-Pero esta partida la debe sacar en otra alcaldía.

-¿Por qué había de hacerlo, si la señora fue asentada en este?

-Ah, bueno. Tiene razón. Ya la voy a buscar, me dijo con un ánimo que delataba su disgusto.

Pasaron unos 20 minutos. Me entontraba muy entretenida viendo a una niña que lloraba para tratar de sensibilizar a su madre y que esta le comprara un algodón de azúcar. En esas estaba, y ya con un antojo que estaba a punto de apagar, sacándome las monedas del pantalón, cuando se me acerca "el responsable".

-No la encontramos. ¿Sabe usted el nombre de los padres?

-La verdad no. Creo que el papá se llamaba Buenaventura, pero no estoy segura.

-Pues es que la partida es de 1912. ¿Segura que no sabe el nombre de los dos papás?

-Pues no. No era muy cercana con la señora. Y no recuerdo que alguna vez me hayan contado una historia, con nombres exactos y todo, de algo, o alguien, que nació varios años antes que yo.

-Bueno, pues ya veré cómo la saco.

Me senté en el mismo lugar en el que ya llevaba una hora y media. El niño de los algodones ya no estaba y mis ganas, tampoco.

Luego de unos quince minutos, el tipo regresó. Me informó que ya había encontrado la partida y que el proceso podría llevarse a cabo.

-Muy bien, le dije. ¿A qué ventanilla me dirijo?

-No, debe esperar una hora para poder entregarle la partida.

-¿Que no dice que ya encontró el documento?

-Sí, pero debe esperar.

-¿Pero por qué si ya tiene la partida en sus manos?

-Porque ese es el tiempo que debe esperar. Además, la partida es de ¡1912! ¡Imagínese! Tiene que esperar.

No podía creerlo. No sé qué reflejó mi rostro y mi mirada en ese momento. Su respuesta me parecía la más estúpida que había escuchado en toda mi vida. Lo miré, agarré el folder en el que llevaba los otros documentos y me fui.

-Pues regreso mañana, le dije dándole la espalda.

Balbuceó algo que ya no logré escuchar con claridad. ¡Mejor!, pensé temiendo escuchar dos estupideces en una misma mañana y de una misma persona.

Regresé al día siguiente. El "responsable" no estaba. Me atendión una señorita. Y, como me lo habían prometido el primer día, el trámite no tardó ni una hora. Salí de la Alcaldía y me dirigí, con paso apresurado por los minutos de retraso que llevaba, al banco.

Era demasiado tarde. La fila ya salía de las instalaciones de este. Pregunté si mi trámite debía esperar tanto y, para sorpresa mía y de mi suerte, me hicieron pasar a una ventanilla donde sólo esperaban tres personas. Me senté. Desde allí, podía observar el final de la fila que, en un principio, me había asustado.

Allí estaba. Con su camisa blanca, sus pantalones que lagún día fueron negros y con un folder bajo su brazo. Observé cómo se le acercó al vigilante para, seguramente, hacerle la misma pregunta que me había salvado, minutos antes, de la larga espera. Él no tuvo la misma suerte. Se ubicó al final de la fila.

Habían pasado unos 20 minutos cuando me llamaron en la ventanilla. Pasé, realicé mi trámite y salí del banco. Él estaba allí. Me miró, bajó la cabeza.

-Buenos días, le dije.

-Buenas, me dijo con un tono que delataba su incomodidad al verse despojado de su papel de "reponsable".

Me quedé un momento revisando los papeles que me habían entregado. En eso estaba, cuando el vigilante le comunicó a toda la parte de la fila, que salía de las instalaciones del banco, que cerrarían por fallas en el sistema y que sólo se realizarían operaciones pequeñas.

El "responsable" se acercó y le dijo que su transacción era corta y, generalmente, no necesitaba de un gran proceso dentro del sistema. El vigilante ingresó al banco. Luego, como unos 5 minutos después, salió con la noticia de que debía esperar un momento. Que sí le podían realizar la operación, siempre y cuando él llevase un documento indispensable en las operaciones sin sistema.

-No lo traje conmigo, dijo casi murmurando.

-Bueno, pues entonces regrese luego o vaya a traer el documento.

-¡Pero ese documento no es indispensable!, reclamó.

-Sí, tiene razón. Pero es la política del banco. Sobre todo cuando no hay sistema, le dijo.

-Pero es una operación corta y yo estoy seguro de que ese documento no es necesario.

-Bueno, pues entonces regrese luego.

Empecé a caminar hacia la salida del centro comercial. Llegué a la parada de buses y, junto a mí, minutos después, se paró "el responsable".

-¡Es increíble!, me dijo. ¡Con la gente de los bancos no se puede!

En ese momento mi bus se acercaba y ya abría la puerta para que los pasajeros comenzáramos a subir. Saqué la moneda de la bolsa de mi pantalón y puse mi mirada en los ojos del "responsable". Le sonreí y con una sensación de satisfacción, que pocas veces había sido tan intensa, le dije:

-Ni con la de las Alcaldías.

Me subí al bus y me senté justo al lado de la ventana. Él seguía allí. Me observaba con una mirada un tanto desconcertada. Le correspondí la mirada durante unos segundos. Le sonreí y fijé mi vista en una niña que pedía a gritos, literalmente, pasar por la máquina. El bus se alejaba cada vez más de la parada, pero mi sonrisa y ese sabor de victoria en mi boca seguían conmigo.

A todos nos corresponde estar "del otro lado" en algún momento, pensé.

miércoles, 2 de julio de 2008

Poder, integración y democracia: más allá de nuestra frontera

Si bien la famosa “integración centroamericana” conforma procesos complejos sobre movimientos sociales, que pretenden favorecen a la región, no es una acción que “favorezca” a la población centroamericana en general.

Así como el poder está pensado para “las minorías” y (o) grandes empresarios, la democracia no representa simpatía o credibilidad para “las mayorías”. Es decir, a medida el poder esté en manos de los “elegidos”, continuaremos siendo socialmente desiguales. En este caso, el Estado es quien juega el papel más importante. Sin embargo, en El Salvador, según Godofredo Aguillón de la Universidad Nacional de El Salvador, el Estado es un instrumento “que responde a unos intereses específicos”. Por lo que el poder, enfatiza, no está en función de mejorar la democracia y de generar un espacio donde se produzca gobernabilidad.

Por otro lado, Mario Rodríguez, de la Universidad San Carlos de Guatemala, establece una relación con la distribución del poder o de las decisiones que influyen en la población. Al hacer referencia a las implicaciones políticas del modelo económico en Centro América, comenta algunas ventajas, como la apertura de espacios económicos a nivel centroamericano, entendimiento político con Estados Unidos y generar posibilidades para políticas sociales comunes. Pero el Modelo de Integración Centroamericana también muestra algunas desventajas. Es decir, la falta de instituciones fortalecidas, la falta de identificación política y que la agenda económica sea motivada e impulsada por el sector empresarial, representa una respuesta desequilibrada para la población.

El poder, tanto en la democracia como en procesos como el proyecto de Integración centroamericana, no es visto como algo “nuestro”. Esto es porque El Salvador, como otros países de Centro América, tiene intereses políticos y económicos con países como Estados Unidos, que no pertenecen a la región. La identidad es uno de los parámetros más representativos en la “compenetración” de los países de América Central que, irónicamente, refleja la cercanía cultural con países europeos o norteamericanos. El poder en “manos de unos pocos” no sólo aleja el margen de integración; además, aleja la posibilidad o la idea central de la democracia y de la igualdad social.


domingo, 1 de junio de 2008

¡¡¡Tsunami!!!



Así es. Lo vi venir. El tsunami más grande que he soñado estaba justo frente a mí. Parece gracioso, extraño y hasta ridículo, pero soñar con tsunamis es una de las tantas cosas "raras" que me suceden. Sin embargo, voy a desahogarme hablando sólo de "esta cosa rara", que ya no me parece TAN rara.

Hace algunos años empecé a soñar con tsunamis, sin las maravillosas playas, claro. Pero bueno, la cuestión es que creía, fielmente, que era la única o una de las pocas personas que tiene este tipo de sueños. Busqué información en internet (por medio de google, claro) y encontré datos y a muchísimas personas que también "padecen" lo mismo. ¿La explicación? Pues bien, según los analistas, tiene que ver mucho con tu interior, con tus sentimiento o estado de ánimo. ¿Que si me preocupé? La verdad no, pues en esta sociedad, y con tal ritmo de vida, no me sorprendió el hecho de que haya muchas personas que también tiene esos sueños. Sin embargo, sí me preocupé por lo que le espera a las nuevas generaciones.

Actualmente, el muy popular "estrés" ya no es exclusivamente para las personas que trabajan, que en teoría serían personas ya adultas. Ahora, la juventud vive más estresada que las personas que ya han recorrido mucho camino. ¿La razón? Pues creo que las exigencias son cada vez mayores para todos en general. Como quien dice: "A camarón que se duerme, se lo lleva la corriente".

Al iniciar el ciclo, en la materia de Comunicación y Organización, hablamos justamente de las exigencias actuales. En ese momento me parecieron muy importantes y llamativas. La verdad, aún sin darnos cuenta, estamos siendo "atrapados" por todas las circunstancias que limitan, actualmente, a las personas dentro de una sociedad. Pero además de parecerme importante, me pareció frustrante. Es decir, ¿qué le espera a las nuevas generaciones si, actualmente, las exigencias en el terreno laboral son tan grandes? Pues bien, pensando mejor las cosas, llegué a la conclusión de que no debo preocuparme tanto por las "futuras exigencias" y de sus posibles implicados.

Es decir, si las mismas exigencias nos sumergen, sin notarlo, pues asumo que para las nuevas generaciones será igual. Y hasta mejor, de hecho. ¿Cómo? Pues creo que los jóvenes son cada vez más exigentes con ellos mismos. A pesar de que a simple vista parezcan menos comprometidos, creo que están siendo preparados para todas las circunstancias que les esperan en un futuro no muy lejano. Y es que las tecnologías, el estrés social y la situaciones familiares y personales a las que se enfrentan día a día, fortalecen las habilidades y el carácter de las personas, características clave para el buen desempeño laboral (y personal).

Pero, además, creo que estas mismas circunstancias son las encargadas de preparar un terreno que sea capaz de recibir, y resistir, cualquier tipo de "tsunamis". Y, así, poder encontrar las soluciones adecuadas, de una manera adecuada...

Sigo soñando con tsunamis. No con tanta frecuencia como antes, pero sigo teniendo los mismos sueños. Sin embargo, ahora no relaciono la palabra "tsunami" sólo con mis sueños. Más bien, la pienso cada vez que siento que "las famosas exigencias" me acorralan. ¿Qué debo hacer? Pues nada fuera de lo debido. Enfrentar mis miedos, buscar una solución y ver cómo se repara el daño, si algo se dañó.

Es decir, ante un tsunami, no hay nada mejor que enfrentarlo y aferrarse a algo que te permita soportarlo y sobrellevarlo. Sin perder de vista, claro, los objetivos que te llevaron a recibirlo y que hay que cumplir "a toda costa" y de la mejor manera.